HorrOctubre/Black Hole: el abismo adolescente de Charles Burns

Por Santiago Fernández. Publicado originalmente en Comikaze #11 (febrero de 2011).

 

Quienes crecieron viendo Los Años Maravillosos o las desventuras del primer Peter Parker, saben que en Gringolandia, más que en ningún otro país del mundo, el status quo del adolescente promedio se basa en la etiquetación, por lo que la gloria o la miseria pende de la mera percepción del grupo social.

En la hormonal adolescencia, donde mucho del existir radica en encajar, todo, desde un grano en la nariz hasta una prueba de embarazo pueden ser las trompetas del Apocalipsis. Pocas obras de cualquier medio logran explorar estas emociones como lo hace Charles Burns en Black Hole, por mucho una de las mejores piezas que ha dado el cómic estadounidense en las últimas décadas.

Autor formado en el avant garde de RAW, publicación editada por Art Spiegelman en los 80, a Charles Burns (quien también se ha dedicado a la ilustración publicitaria para Coca-Cola o MTV) le caracteriza un espeluznante estilo de dibujo que tergiversa la típica de historia del típico adolescente que tanto nos ha dado a tragar la cultura norteamericana y de la cual no falta nada en Black Hole: la chica bonita y cumplida destinada a la grandeza; el misterioso y sexy fulano que la enamora; el puberto que quiere con ella y quién jamás se da por enterado de lo que ésta vive; los fumadores de mota en el sótano; el sexo en el parque, el rechazo, la alienación y todo lo demás. Burns únicamente añade un ingrediente más al caldero para acentuar las emociones que quiere provocar en sus lectores; se trata de un misterioso virus que ha comenzado a infectar a los adolescentes y que tiene dos evidentes características: se obtiene por medio de las relaciones sexuales y provoca mutaciones físicas, que varían de un adolescente cachondo a otro.  Los efectos del virus son impredecibles, en algunos casos genera visibles deformidades faciales y en otros genera mutaciones más discretas, como ventosas entre los dedos.

La narración solamente busca generar una sensación: la asquerosa, perra y oscura incertidumbre. No sabemos dónde toma lugar la historia con exactitud (bienvenidos a Anywhere, USA). Las referencias a peinados, autos, discos de vinil y tornamesas nos sugieren los inicios de los años 70, en las postrimerías del movimiento hippie, previo advenimiento del VIH que puso en jaque el libertinaje sexual que tanto adoró Crumb.

Black Hole se descompone en fragmentos narrados desde el punto de vista de tres adolescentes quienes, por si no les bastara tener las hormonas sueltas, viven en la incertidumbre del contagio: Chris, la perfecta chica popis que todo lo pierde al dejarse enamorar y contagiar del virus por Rob, el típico chico sexy misterioso que la enamora entre cerveza y cerveza. El tercero, Keith, es un joven confuso que quiere con Chris y quién jamás se percata de que ella solamente quiere sacarle provecho para sobrellevar su miseria. Como los buenos perdedores que son, los chicos enfermos se juntan en el bosque a las afueras de la ciudad: con esto Burns deja entrever, a pequeñas bocanadas, que el grueso de la sociedad medioburguesa norteamericana, formada por profesores, amigos y el propio núcleo familiar, es incapaz de comprender y, más aún, tolerar la dolencia del virus. Es por ello que, cuando varios de estos desplazados sociales comienzan a aparecer misteriosamente asesinados, no hay policía ni ley que se interese por el asunto. Los protagonistas viven en un perfecto abismo negro.

 

Vale la pena remarcar que el virus mutante, además de metáfora del VIH, al provocar diferentes y únicas mutaciones en cada contagiado, explaya una metáfora de la individualidad, de la cual los personajes se alimentan. La mutación de Chris, que radica en cambiar de piel como una serpiente, es suficiente para que se auto aísle del mundo normal, mientras que para Keith, por el contrario, comienza a ser una especie de liberación de los códigos impuestos por la sociedad, al encontrar la satisfacción en la atracción por una chica que ha desarrollado una cola.

Al final, las cosas son como uno se las toma: más que la afección del virus, el verdadero terror que sumerge a los personajes de Black Hole es la expulsión de la cómoda y reconfortante normalidad. Pocos cómics logran generar los escalofríos que se dejan sentir cuando la boca en el cuello de Rob comienza a delatar sus inseguridades a Chris, o cuando Burns, capítulo a capítulo, logra transformar las aberturas en ranas diseccionadas, en reminiscencias de la primera exposición a unos genitales. Uno pensaría que Charles Burns ha pasado varias horas en terapia.

 

Sin lugar a duda, a pesar de ser una lectura bastante legible por su fluir narrativo y claridad en el dibujo, sumado a un asombroso desarrollo de personajes, Black Hole no dejará de ser un tanto difícil de masticar para algunos lectores; pues como La Náusea de Sartre, Elephant de Gus Van Sant o incluso el grotesco de Eraserhead de Lynch, Burns logra lo que se propone: sugerir el vacío de la incertidumbre, de la claustrofobia mental ante el rechazo, del shock de las primeras aventuras sexuales, vaya, del ingreso al frío agujero negro.

Quizá como prueba de la dureza de la obra maestra de Burns, se puede decir que el guión cinematográfico de Neil Gaiman y Roger Avary no llegó muy lejos, y que posteriormente David Fincher se echó para atrás en su idea de adaptarla al celuloide, prefiriendo producir un proyecto animado (aún sin estrenar) de The Goon y dirigir los remakes de The Girl with the Dragon Tattoo.

Para quien tenga hijos adolescentes, sin lugar a dudas darles a leer Black Hole sería una opción más nutritiva como manual de supervivencia, y quizás de verdadera identificación, que las tantas lecturas moralinas o de vampiros emo que andan por ahí.

 

Nuestro colaborador

Mil usos y coleccionista de diversos grados de fracaso (y algún éxito colado), ha sido/es/será ilustrador, guionista, diseñador, investigador, ponente y editor en diversos proyectos de historieta, entre ellos Mortinato y Aborto y Cenizas: Revista Narrativa/Gráfica. Se sabe que también se ha ganado la vida como diseñador gráfico y profesor de licenciatura en la Universidad Autónoma del Estado de México y el Tec de Monterrey. Desconfía de la mitificación autoral, pues solamente le importa el valor de lo dicho en las obras, y no sus autores.

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