Grant Morrison: el visible autor de The Invisibles

Por Santiago Fernández. Publicado originalmente en Comikaze #13 (junio de 2011).

 

Mucho se ha escrito de The Invisibles. Tanto que alguien podría considerar exagerada la cantidad de interpretaciones y estudios  realizados sobre esta serie publicada por Vertigo a finales de los 90. Lo cierto es que todos esos estudios y artículos no son suficientes. En sus 70 números, Grant Morrison logró volcar tal cantidad de conceptos sin precedente, que aún hoy quedan cosas por analizar. En este artículo se abordará un concepto que todavía es algo radical: el autor que, como parte de su obra, busca dar sentido al Universo.

Como tantos otros autores que le preceden en cantidad de medios, Morrison es un fulano que sencillamente se dedicó a escribir lo que acontecía en su cerebro, vislumbrando sus fascinaciones y transfigurándolas con personajes en una narración coherente y entretenida. El caso con The Invisibles es que las fascinaciones de Morrison van descaradamente más allá de las clásicas justificaciones de George Lucas, quien dijo realizar Star Wars con el único propósito de entretener.

Por principio de cuentas, a Morrison,  además de los superhéroes, la serie británica The Prisoner y Alicia en el País de las Maravillas, le atrae la filosofía, la teoría del caos y las maquinaciones que de ambas derivan en la praxis, es decir, en la magia ritual. Además, el muy descarado no se remilga en presentarse a sí mismo como principal objeto de su fascinación.

 

A lo largo de la serie, a pesar de ser un pseudo-caos narrativo, Morrison abordó todo tipo de temas, que fueron finamente entramados hacia un clímax muy peculiar, en el cual se narró de forma más o menos ontológica el acontecer de la humanidad en los diez años posteriores a la publicación de The Invisibles, en lo que supone un cambio de era, o en otras palabras, el fin del mundo en el año 2012.

La premisa del cómic es tan sencilla como clásica: existen dos opuestos en el mundo, orden y caos, a los que los seres humanos se adscriben. En manos de Morrison, el orden es el progreso del ser humano como especie, es decir, como manada, donde la satisfacción de la mayoría radica en gobernar y ser gobernados; en ser pastores líderes o borregos felices que les sigan. Del orden surgen los gobiernos y la imperiosa necesidad de absorber todo lo que les rodea, a modo de virus; así como la necesidad del control total tipo Big Brother, que busca transformar a los seres humanos con espíritu y consciencia en una especie de nido de hormigas. Para ello, Morrison incrusta cuanta teoría de la conspiración existe, ya sea referenciando directamente a George Orwell o dando su versión del caso ovni de Roswell y su relación con la magia negra de la bomba nuclear.

 

Por su parte, el caos recae en la figura de The Invisibles, una especie de secta terrorista secreta que busca oponerse a esa represión eterna; fulanos que se escabullen a las normas y las reglas con todo tipo de herramientas, ya sean pistolas, granadas, tantra o magia vudú. The Invisibles son parte anárquicos situacionistas, parte budistas y todo liberales; no hay mucha certeza de su existencia, ni de quiénes son sus miembros, y mucho menos de sus orígenes; su operar no obedece a jerarquías y sus células son independientes. La narración presume al Marqués de Sade y a Lord Byron entre los miembros de The Invisibles, así como asume a John Lennon en una categoría no idólatra de deidad.

Cada célula de The Invisibles consta de cinco miembros, y la que protagoniza esta serie consiste de individuos que dejan la vida prosaica, ya sea de ricos o pobres, para escabullirse en un mundo donde absolutamente nada es certero y lo más divertido es ser la causa de incertidumbre. Por lo mismo, además de su nombre y personalidad civil, presumen nombres de guerra. Así tenemos a Jack Frost, posible reencarnación de Buda; Lord Fanny, un travesti brasileño educado como niña (los conocimientos de chamán impartidos por su abuela eran exclusivos para una mujer); Ragged Robin, una chica misteriosa con poderes telepáticos; Boy, una expolicía maestra de las artes marciales, y King Mob, quien por su facha y perfil de escritor, casualmente se parece mucho a Morrison.

 

Bajo el concepto filosófico de ontología, sumado al fundamento hermético de el universo es mental, Morrison hace de The Invisibles una especie de mapa personal de lo que el universo es en su propia mente, tomando todos los elementos experienciales (sueños, fantasías generadas en obras ajenas, la misma vida real) que hacen de él un individuo único, para que a modo de avatar, Morrison se inmiscuya en ese universo mental y pueda afectarlo.

El principal riesgo que Morrison corrió al ser el protagonista de su propia serie fue la proyección exagerada del cómo se percibe: King Mob es un anarquista liberal que presume de su libertad y los placeres que le brinda, como tener sexo tántrico sin fronteras (es un súper amante), ser un asesino con entrenamiento físico y psíquico al que nadie puede escapar (una mezcla de Jason Bourne y Charles Xavier) y deleitarse al vestir atuendos de cuero cuasi sadomasoquistas, pero muy a la moda. En breve, King Mob es un James Bond al servicio secreto de haz lo que se pegue tu reverenda gana. Pero al final de día, si King Mob hace una lucha contra el stablishment, no deja de saberse fanático de Bond, de escuchar a Kula Shaker o de manejar un Lamborghini, aunque todo ello sea parte de la cultura perpetrada por su enemigo.

 

La obra maestra de Grant Morrison lo consolidó como escritor en el medio, pero no lo lanzó a la estratósfera de la televisión, el cine o la novela, como sucedió con Neil Gaiman y su Sandman; tampoco se le dio el estatus de dios que aún se le atribuye a Alan Moore desde la creación de Wachtmen.

Quizá su problema fue la discontinuidad gráfica entre volúmenes (a veces entre página y página) o el hecho de que mapear una ontología del cambio de era (proyectando pedazos del futuro chocando con el presente) requiriera del paso del tiempo para lograr que los lectores descubriéramos, poco a poco, cómo es que Grant Morrison estaba muchísimo más allá de 1999.

 

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