Pantera Punch (primera parte)

 Por Aída Ramírez. Publicado originalmente en Comikaze #6 (agosto de 2009).

 

La primera vez que lo vi me impactó; su presencia generó controversia, gusto y apego. Medía uno setenta y tantos de estatura, ojos verdes, labios extra gruesos, nariz chueca de tanto guamazo, cabello negro, rizado y grasoso, con un mechón blanco del lado izquierdo. Parrandero, bruto pero noble, feo como él sólo, y aún así ligador profesional, se llamaba Gervasio Robles, mejor conocido como…El Pantera.

Este personaje nació de la genial pluma de Daniel Muñoz Martínez, escritor de la línea Mini Policiaca para EDPA (Editorial De la Parra), quien ya tenía en su haber a personajes como Concho el Detective y Conchita. Cuando José Suárez, el director artístico de la publicación, le encargó a Muñoz crear un personaje policíaco con el cual se identificaran los lectores, surgió (¿o rugió?) Gervasio Robles, El Pantera, quien vio la luz por medio de una primera aventura, titulada Los monederos falsos (1975).

En El Pantera, Muñoz manejaría acción en hartas dosis, pero además añadiría el típico humor mexicano, así como ciertas frases y descripciones propias del lenguaje popular del barrio, que incluía el doble sentido y el albur. Y aunque en las minis sólo aparecía de vez en cuando (ya que no era el único personaje en la lista de publicación), los editores se dieron cuenta de algo: la gente compraba unos títulos más que otros, en especial aquellos en que aparecía este ñero cuarentón, originario de Veracruz. Fue entonces que en 1980 se decidió darle su espacio propio, por lo que el héroe abandonó el blanco y negro, para ser publicado cada jueves en tonos sepia.

En sus primeras 20 apariciones, la revista disparó su tiraje a 400 mil ejemplares. Para 1984, en vista del éxito obtenido, la cantidad se incrementó de nueva cuenta, alcanzando la cifra de 700 mil ejemplares vendidos por número. Pero a finales de la década la historieta empezó a decaer, tras la partida del dibujante Juan Alba (quien acompañó a El Pantera desde las minis) y del artista que tomó su batuta, el buen Alberto Maldonado, quien dotó al personaje con harta acción, patadas voladoras y esquivadas de bala.

¿Y de dónde saltó El Pantera?

En una entrevista publicada en El Pantera # 100 (2004), Muñoz recordó un pasaje de su infancia: una tarde en la colonia Obrera, precisamente en la Panificadora Churubusco, el maestro del turno de bizcochos se acercó a El Trompo, un panadero oriundo de Oaxaca, fuerte y moreno, con ojos color acero y pocas palabras, quien si bien no era un bravucón, poseía una violencia innata. Esta persona le pidió a El Trompo que le diera un susto a otro de sus colegas panaderos, a cambio de 50 pesos. Dame cien y lo mato, fue la respuesta sorpresiva y casi inmediata de El Trompo.

“Ese modo tan desenfadado de hablar de cosas tan serias me cautivó”, señaló Muñoz, quien a partir de esa personalidad construyó a su creación más famosa. Cabe mencionar que el apodo de El Pantera provino de la tradición que el mismo Muñoz vivió en la Colonia Obrera, donde todo aquel que se dignase de “ser alguien”, debía tener un apodo (por cierto, el suyo era Compadre).

“En México, a los cuates que son entrones y muy sacalepunta se les designa como Panteras”, subrayó Muñoz, al evocar la palabra que bautizó a su personaje.

 

El primer rugido

La historia temprana de El Pantera es medio lacrimógena, pues quedó huérfano a tierna edad; pero con todo y eso, el pequeño Gervasio (quien desde chiquito vivió en la calle) salió adelante en diversos oficios. Eso sí, a pesar de juntarse con la lacra de la sociedad, ni por un momento dejó de ser honesto y trabajador como el que más. Ya mayorcito, Gervasio se enamoró de una muchacha, pero cayó en la cárcel de Lecumberri, acusado injustamente de asesinarla. Tras recibir la patiza de su vida al defender el honor de su occisa novia, recibe clases de wu-shu por parte de un valedor de la prisión. Varios moretones después, el jefe de la policía se da cuenta de las habilidades y el buen corazón de este cuate; así, el General Porfirio Ayala decide utilizarlo como agente encubierto en misiones especiales, liberándolo por medio de una falsa fuga.

Aunque la mayoría de sus aventuras se deben más a problemas en los que El Pantera se ve envuelto (o se relacionan con alguna recompensa), el héroe nunca deja los casos sin resolver, ya sea utilizando su particular suspicacia, por pura chiripa o gracias a la ayuda de su compadre, el Gorda con Chile, un taxista lacra y soplón, que se sabe bien protegido (al igual que su esposa La Quesadilla y sus hijos El Tlacoyo, El Pambazo, El Totopo y El Sope, entre otros ahijados del hombre felino).

Las aventuras de Gervasio implicarían desde armar engaños en el edificio de PEMEX, aventarse persecuciones sobre el Viaducto Miguel Alemán, el Periférico o el Circuito Interior, hasta resolver secuestros y enfrentarse a mafiosos, capos de la droga y cuanta cosa se le ponía enfrente.

Trabajar como agente encubierto resultaría bastante problemático para el macho del copete blanco, por lo que El Pantera buscaría huir de dicha situación, comprándose un rancho en los Altos de Jalisco. Pero el destino le tenía deparada otra suerte…

Continuará

Author: Administrador

Share This Post On

Submit a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *