Paper Girls: ayer dijiste que mañana

Por Aldo Iván Espinosa. Publicado originalmente en Comikaze #32 (octubre de 2016).

 

¡Buenos días, Cleveland! El Halloween de este año comienza a ser historia, y lo más aterrador que se reporta en las calles es un adolescente disfrazado de Freddy Krueger que come dulces y destroza calabazas. ¡Pero no todo es aburrido! El reporte del clima indica la llegada de pterodáctilos, cápsulas para viajar en el tiempo, y microcomputadoras con una manzana grabada al reverso. ¡Nada mal para ser 1988!

Dejaré las puertas de mi casa abiertas para siempre

No es otra cosa sino el siglo XXI lo que sostenemos a diario en la palma de la mano. Los dispositivos móviles, esas cajitas mágicas del tamaño de una barra de jabón, despliegan en sus pantallas un sistema de signos que hemos dado en llamar aplicaciones, cuya finalidad es establecer una colorida red de atajos en el caos informático que puede llegar a ser Internet.

Desde ese cosmos brillante y virtual nos abastecemos de información, reducimos las búsquedas para concentrarnos en lo que nos interesa o necesitamos, y nos relacionamos con individuos con los que compartimos filias o fobias, o ambas. Mientras hacemos todo esto, que no es poco, vamos dejando rastros de nosotros mismos en el ciberespacio: nuestro paso por el mundo es fácil de seguir para aquellos que quieran encontrarnos, básteles un buscador y un clic para hallar esa bitácora o autobiografía precoz que son nuestros perfiles públicos en las, así llamadas, redes sociales. Básteles un par de aplicaciones, es decir, un breve pero bien articulado sistema de escotillas.

 

En resumen: con un código o la huella digital accedemos a las pantallas táctiles, y de ahí a las aplicaciones, y con ello al intercambio de información que opera dentro de ellas. Accedemos desde nuestra posición privilegiada de especie con pulgares opuestos, paseándonos alegremente por los avatares de una realidad que se materializa siempre y cuando se le deslice para actualizar. A veces el siglo XXI da la impresión de no tener otra cosa sino puras puertas de entrada.

Don’t look back in anger!

Tiffany, Mac y KJ son tres adolescentes que todos los días despiertan antes de las cinco de la mañana, pues su trabajo consiste en repartir periódicos en el condado de Stony Stream, Ohio. La madrugada del primero de noviembre de 1988 conocen a Erin Tieng, la chica nueva del vecindario, una adolescente que comparte con ellas edad, barrio y oficio.

Al alba de aquel Día de Todos los Santos, y sorteando todavía las reminiscencias del Halloween de la noche anterior, estas cuatro señoritas serán testigos de una conflagración espacio temporal que desvanece a las personas en el aire, abre portales dimensionales sobre el medio oeste norteamericano, y permite que jinetes que cabalgan sobre pterodáctilos lleguen a la década de los 80 para cazar y eliminar a pepenadores-coleccionistas, propietarios de cápsulas para viajar en el tiempo y cuya fijación son, al parecer, los aparatos de comunicación de todas las épocas. Y ni siquiera han dado las siete de la mañana.

 

Paper Girls, escrito por Brian K. Vaughn y dibujado por Cliff Chiang, puede confundirse a primera vista con un producto pop más, montado alegremente en el mercado de la nostalgia para adultescentes, cuya única finalidad sería vender recuerdos al grito de todo tiempo pasado fue mejor. Leído con mayor detenimiento, sin embargo, resulta más bien un llamado a cuentas para la Generación X, de la cual el propio Vaughn, las cuatro protagonistas, y muchos de los que en este momento leemos esto, formamos parte.

Y es que de ahí parece surgir toda la trama: si su yo adulto se encontrara con su yo adolescente, ¿qué se dirían? ¿Qué lección de vida aprendida en el camino, contundente o insospechada o demoledora, sería la primera que el adulto le comunicaría al chico del pasado? ¿Cómo no ser cínico o burlón o autoindulgente con la falta de experiencia, el anhelo inocente, las opiniones más bien simplonas de nuestro yo púbero? ¿Cómo no sonreír con algo de condescendencia cuando su yo del pasado les entrega, emocionado, un iPod Nano que encontró tirado en la calle, en los suburbios de Ohio, en 1988?

Esperen, esperen, esperen. ¿Dije un iPod Nano en 1988?

 

Mañana me dirás que el mañana ha pasado

Venidos de un periodo llamado Calamidad, los pepenadores-coleccionistas combaten a los jinetes de pterodáctilos, quienes a su vez recolectan terrícolas del siglo XX para un ser todopoderoso al que llaman Gran Padre, un viejito barbado y de pelo blanco que tiene una fijación, muy cercana al fetiche, con las manzanas. En mitad de este circo que ha llegado al pueblo, se encuentran las chicas repartidoras del Cleveland Preserver, únicas testigos del río desmadrado que resulta ser ahora el tiempo, pues éste, al parecer, se ha quedado sin diques.

El árbol del conocimiento, la pérdida de la inocencia, y el logotipo de la marca Apple, quedan entrelazados por Vaughn y Chiang en el símbolo occidental de la manzana que, una vez mordida, modificará la realidad para siempre: acorraladas por el todopoderoso y sus jinetes, las protagonistas recurren a la cápsula de viajes en el tiempo, para escapar dando un brinco al 2016, donde el azar, ese orden secreto que guarda el universo, las coloca frente a frente con la Erin Tieng del siglo XXI.

Añoranza de lo perdido, a la vez que sorpresa pueril frente a lo nuevo, Paper Girls establece un vínculo narrativo entre pasado y presente cuyo resultado no es el futuro sino, a manera de paradoja temporal, un nuevo pasado. A través de los sueños cargados de símbolos de Erin, del todopoderoso que no es creador sino coleccionista, de los portales de acceso por donde llegan los protagonistas al siglo XXI, del doble 8 que simboliza no al infinito sino a la serpiente uróboros, es decir el tiempo que se devora a sí mismo, Vaughn y Chiang van dejando en claro que la batalla que enfrentarán las chicas repartidoras no será del orden prospectivo, sino más bien cíclico, donde lo que termina siempre vuelve a comenzar.

 

Así, la tranquilidad de una madrugada en la década de los 80 se convierte, de buenas a primeras, en el inicio de un Apocalipsis del que Erin, Tiff, KJ y Mac intentarán escapar, una y otra vez, sin más herramientas que sus bicicletas, el sentido común, y un iPod Nano tirado por error por los pepenadores-coleccionistas del futuro. Y, si lo pensamos fríamente, quizá sea lo único que se necesite.

 

Otros textos sobre Brian K. Vaughn

+ Saga: la extraña familiaridad de la innovación

+ Pride of Baghdad: un rey nostálgico y emancipado

Author: Aldo Ivan Espinosa

Es egresado de la carrera de Literatura y Ciencias del Lenguaje por parte de la Universidad del Claustro de Sor Juana donde dirigió la revista de la sociedad de alumnos Mediaciones del 2004 al 2006; ganó el primer lugar en el concurso El Quijote, 400 años después, convocado por la UCSJ en la modalidad de cuento, y el segundo lugar de cuento en el Concurso de Creación Literaria 2006, convocado por el VII Congreso Estudiantil de Crítica e Investigación Literarias de la UAM. Ha publicado crítica y creación literarias en las revistas Crítica, Registro (en sus versiones impresa y digital), Letrina (digital) y Comikaze.

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