De insectos a dioses primigenios: el terror de Alan Moore

Por Mauricio Matamoros Durán

 

Nos hemos acostumbrado a relacionar el género de terror en la narrativa con todo tipo de fantasmas y monstruos en general. Y no es gratuito, pues la explotación que se ha hecho de los miedos y necesidades más básicas es uno de los puntos más exitosos y característicos del terror.

Cuando experimentamos algún producto narrativo de este género en ocasiones nos dejamos envolver por los puntos más extraordinarios, olvidando que el terror también consiste de emociones y situaciones que podemos vivir a diario en nuestro hogar, en el aula, en el trabajo, en el transporte, en la comida, en el baño, en la cama, en la mente… el terror está en todas partes y nos forma en muchos aspectos.

Como narrador extraordinario, intelectual y filósofo contemporáneo Alan Moore lo sabe bien, por lo que ha hecho de los recursos del terror un factor fundamental de su obra, revelándonos los alcances del género y del medio.

 

Moore creció en Northampton, Inglaterra, en medio de una familia de clase media inmersa en las ausencias y necesidades colectivas; es decir, como la mayoría de nosotros, conoció de primera mano los horrores de la educación pública, las carencias de los servicios sociales, así como las perversiones de la política y las reglas sociales.

Obviamente, Moore también conoció en sus años de formación lo mejor de la literatura, el cine y el cómic de horror: Edgar Allan Poe, Arthur Machen, H.P. Lovecraft, Dennis Wheatley, Graham Ingels y Bernard Krigstein fueron autores que imbuyeron la mente de Moore con inspiración y los engranajes del género, pero igualmente con una forma crítica y figurada de ver la vida.

De esa forma fue que las mismas inquietudes y necesidades que lo llevaron a revolucionar el género  superheroico en el cómic lo condujeron a renovar el terror a través de la historieta.

Los años 80 representaron un importante óleo para el género. Por un lado, se desarrollaron prácticamente hasta el hartazgo las escuelas del gore y el splatter en el cine anglosajón e italiano, mientras que en la literatura los autores antes mencionados figuraron al frente de una corriente de terror intelectual y filosófico que prefiguraba el caos del fin de milenio. Y Moore, por igual, hizo demostración heroica de ambas tendencias en su obra.

 

Moore coincidió en momento histórico con autores como Clive Barker o Ramsey Campbell (y con la salida de un subversivo cómic inglés llamado Lord Horror, creación de David Britton, y que aparentemente fue tan polémico que se ha ido olvidando en el tiempo), narradores que sin hacer a un lado el artificio de lo sobrenatural en el relato de terror, utilizaron estos mismos elementos como herramientas para discernir la condición humana a fin de siglo.

Sin prejuicios y abordando uno de los medios más libres (en cuanto a que requiere solo de la mente y la tinta para expresar las ideas más concretas del ser humano), y a la par de sus descubrimientos narrativos y discursivos en el cómic de superhéroes, Moore transformó el medio a partir del terror, al disertar sobre el hombre y su caótico mundo.

Con su acceso a Swamp Thing, y con ello a América y el resto del mundo, el británico probó que el terror está en todas partes desde finales del siglo XX; nos demostró que el género puede ser literatura del más alto nivel, así como un reflejo veraz de la violencia y horror que hemos visto transformarse en algo cotidiano.

 

En Swamp Thing, Moore prácticamente trazó un mapa del horror psicológico y físico hacia una nueva era, creando el escenario para abordar su pesquisa narrativa dentro de la historieta. Así, The Killing Joke prácticamente es una historia de terror que cosecha locura, la cual es compartida con el lector en un desenlace brutal; el clímax de Watchmen llega tras una creciente acumulación de sucesos violentos y aterradores que culminan con un final aún hoy pavoroso.

Con Miracleman, Moore nos demuestra el terror de encontrarnos ante cambios humanos drásticos (y la violencia no es poca, pues el número 15 de la serie presenta uno de los episodios más sangrientos y devastadores en la historia del cómic); en The League of Extraordinary Gentlemen hay pasajes de lo más horripilante, como aquel último encuentro entre Mr. Hyde y el Hombre Invisible; mientras que con From Hell aterrizamos en un ecosistema absoluto de terror, poblado de calles, arquitectura, gente e ideas que inoculan miedo y asco.

Ya en Neonomicon, acercamiento abierto de Moore al género del terror, la incertidumbre humana se enfrenta a un horror que había sido desconocido. El contacto directo entre distintas especies finalmente no resulta agradable… pero nos permite entender lo que había permanecido oculto y que a su vez generará cambios importantes durante el actual siglo y milenio.

 

Sobre Mauricio Matamoros Durán

Editor y traductor para DC Comics México y Vertigo Comics México,  durante dos décadas ha ejercido el periodismo, de la nota diaria a la crónica, el ensayo y la columna en más de una docena de importantes diarios y revistas como Unomásuno, La Jornada, Reforma, El Universal, Rolling Stone, Playboy, La Mosca, Conozca Más Cinemanía. Ha escrito un par de libros (uno dedicado a la figura y obra de Alan Moore, y otro elucubrando sobre las epifanías lovecraftianas en el cómic) y participado en el libro Reflexiones sobre cine mexicano contemporáneo (Cineteca Nacional, 2012). Fue Jefe de Información en Cineteca Nacional, donde cofundó y es coorganizador del ciclo de cine de horror Masacre en Xoco. Es coeditor y cofundador de la revista independiente sobre la cultura del horror en la narrativa: Belcebú.

 

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